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ELEKTRO: ¿El humanoide del futuro?

ELEKTROConstruido por la Westinghouse Electric Corporation en su fábrica de Mansfield (Ohio) entre 1937 y 1939, fue creado por Joseph Baenett. Tiene una apariencia humanoide, con un cuerpo recubierto de aluminio que contiene engranajes de acero, levas y esqueleto motor, su altura es algo más de 2 m y pesa unos 120 kg. Su cerebro consiste en 48 relés eléctricos que funcionaban como una central telefónica, sus “ojos” fotoeléctricos podían distinguir la luz roja y la verde, y era capaz de caminar lentamente cuando se le solicitaba en el tono adecuado usando el teléfono incorporado. Asimismo estaba capacitado para pronunciar unas 700 palabras (gracias a un fonógrafo de 78 rpm), hinchar globos, girar la cabeza y mover su boca y sus brazos. Más no se le podía pedir. Venga ya, comparado con los robots que se fabrican ahora, es una chatarra vieja. Actuó por primera vez en la Feria Mundial de Nueva York de 1939, cuyo lema fue precisamente “Construyendo el mundo el mismo evento el año siguiente, esta vez acompañado de Sparko, un perro robot que podía ladrar, sentarse y pedir comida. Como consecuencia de su popularidad, Elektro estuvo de gira por los EE.UU. en los años 50 , participando en actos promocionales de la Westinghouse, así como en el parque temático Pacific Ocean de Venice (California) a finales de esa década y principios de los 60. También interpretó el papel de Sam Thinko en la comedia de 1960 Sex Kittens Go to College, con Mamie Van Doren. Cuando finalmente fue desmantelado, a Elektro se le perdió la pista. Westinghouse regaló su cabeza a un ingeniero que se jubilaba y su cuerpo término en el vertedero de desperdicios. Olvidado por todos y tras muchos años sin saber de él, sorpresivamente se encontró su cabeza guardada en una caja, y su cuerpo terminó apareciendo inexplicablemente en un almacén. Luego de reunir nuevamente sus partes y restaurado para que se vea como en sus días de gloria, actualmente es propiedad del Mansfield Memorial Museum, que lo expone como el “robot americano más antiguo conservado en el mundo”. Scott Schaut, conservador del museo y autor del libro Los robots de Westinghouse, pasó tres extenuantes meses construyendo a mano una réplica a tamaño real de Elektro para enviarlo de gira a otros museos. Incluso la pintura coincide con su color original. “Me parece que la gente aun se interesa por Elektro porque no creen realmente que hubiera robots como él en 1939”, explico a modo de excusa Schaut por correo electrónico. “La mayoría ha visto películas antiguas de ciencia ficción donde aparecen robots y saben que hay un hombre dentro moviéndolos”, dice en referencia a los robots antiguos como Robby o B-9. Pero a diferencia de ellos, no había nadie escondido dentro de Elektro, que aunque torpemente, se movía solo. Funcionaba gracias a válvulas de vacío, motores y poleas. Fue un importante avance de la ingeniería, especialmente si se considera la tecnología disponible en los años 30, aunque claro, no fue el primero como algunos señalan interesadamente, ya que siempre se tuvo noticia de la existencia de esta clase de autómatas en el Antiguo Egipto y en la Grecia clásica, donde aparecen en la obra de los antiguos poetas griegos Hesíodo y Homero, que vivieron entre 750 y 650 años antes de Cristo. Por ejemplo, la historia de Talos, mencionada por primera vez alrededor del año 700 a.C. por Hesíodo, ofrece lo que podría describirse como la concepción de un robot. El mito describe a Talos como un hombre gigante de bronce construido por Hefesto, el dios griego de la invención y la herrería. Talos fue encargado por Zeus, el rey de los dioses griegos para proteger a la isla de Creta de los invasores. Marchó alrededor de la isla tres veces al día y arrojó piedras a las naves enemigas que se acercaban. En su núcleo, el gigante tenía un tubo que corría desde su cabeza hasta uno de sus pies que llevaba una misteriosa fuente de vida de los dioses que los griegos llamaban icor. Otro texto antiguo, Argonautica, que data del siglo III a.C., describe cómo la hechicera Medea derrotó a Talos al quitarle un perno en el tobillo y dejar que el líquido de icor saliera. Uno de épocas más recientes fue diseñado nada menos que por Leonardo Da Vinci, alrededor del año 1495. No se sabe si durante la vida de Leonardo se hizo intento alguno de construir el dispositivo, pero una vez hecho el descubrimiento de los dibujos en 1950, se construyó basándose fielmente en los diseños de Leonardo – donde el robot aparecía como un guerrero vestido con una armadura medieval – y se demostró que era plenamente funcional. En todo caso y para terminar, podríamos agregar que con todas sus limitaciones, Elektro fue un símbolo del desarrollo tecnológico y la innovación en los EE.UU. tras años de depresión y crisis económica, sin imaginar en ese tiempo que hoy su robot “futurista” se vería como algo grotesco, arcaico y obsoleto ¿no os parece?

GENERAL MOTORS XP-21 FIREBIRD 1954: El ‘avión de caza’ que no podía volar

GENERAL MOTORS XPYa hemos visto en otros prototipos y modelos de coche de los años 50 cómo la influencia aeronáutica influyó de forma más o menos directa en el diseño de los automóviles. Así lo demostraron múltiples concept cars de General Motors, bajo los nombres de sus prestigiosas marcas Buick, Cadillac, Chevrolet, Pontiac u Oldsmobile. Pero el caso del monstruo XP-21 que nos ocupa, con mucho de insensato en sus planteamientos, fue presentado bajo las siglas genéricas y todopoderosas de GM. El gigante consorcio industrial norteamericano presentó este futurista prototipo en su salón particular Motorama, que se celebraba por aquél entonces en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York. El XP-21 fue uno de los tres vehículos experimentales desarrollados con ingeniería aeronáutica por Harley J. Earl, responsable durante muchos años de los diseños de GM. Y sin duda fue el desarrollo más extremo. De hecho era una réplica a escala del reactor militar Douglas F4D Skyray, con ruedas y sin alas aunque con un imponente alerón trasero en delta. Pero aunque lo más impactante del Firebird era sin duda su aspecto en forma de avión y con una transparente, su mayor interés tecnológico era su motor. Luego de muchos esfuerzos de investigación por parte de General Motors, el Firebird supuso la culminación experimental de la aplicación de una turbina de gas en la industria. Su tecnología, aunque bastante descabellada en la práctica, aún hoy en día asombra por su vanguardismo y complejidad. Más aún en el momento actual en el que se buscan nuevas alternativas al motor de explosión. Se trataba de una tecnología de dos fases independientes. La primera era un generador de gas que funcionaba mediante un compresor centrífugo y una turbina. El aire que entraba se comprimía hasta los 3,5 bares y se inyectaba keroseno hasta alcanzar los gases resultantes una temperatura de 1.500 grados centígrados. A continuación se inyectaban en otra turbina Whirlfire Turbo-Power, la llamada motriz, que era la que estaba unida mediante una transmisión de dos velocidades a las ruedas del eje posterior.Las ventajas declaradas de esta entonces revolucionaria tecnología (recordemos que hoy casi todos los barcos de transporte funcionan mediante turbinas de gas) era la posibilidad de utilizar diversos tipos de combustibles, algunos bastantes más baratos que la gasolina. Además el Firebird, construido con fibra de vidrio, presentaba un peso muy ligero sobre la báscula y eliminaba de su transmisión la caja de velocidades, el embrague y numerosas y pesadas piezas móviles por las que un automóvil pierde mucha energía por rozamiento. Cabe destacar que, igual que los aviones, disponía de aerofrenos accionados desde el volante/timón del conductor, y también de enormes tambores de freno situados fuera de las llantas para mejorar su refrigeración. Un detalle que dice mucho de su avanzada tecnología era que su capota transparente ya entonces se abría de forma automática mediante un mando de ultrasonidos. La importancia del proyecto era de largo alcance, ya que el chasis se desarrollo bajo la supervisión de Charles L. McCuen, el mismísimo vicepresidente de General Motors y director de la división de investigación y desarrollo. Sin embargo, las elevadas velocidades que podía alcanzar el Firebird lo hicieron no solo peligroso, sino que además sus elevados costes de producción, hizo que el proyecto no tuviera ninguna viabilidad comercial y no pasó del prototipo.

FORBIDDEN PLANET: Planeta prohibido

FORBIDDEN PLANETDirigido por Fred McLeod Wilcox en 1956, se trata de una de las muestras más representativas de la ciencia-ficción de los años cincuenta, etapa cinematográfica obsesionada por el comunismo, las mutaciones y los platillos volantes. Una película que influyó en escritores como Gene Roddenberry y cineastas como George Lucas, además de adaptar, libremente, ‘La tempestad’ de William Shakespeare. Los personajes de Próspero y Miranda en dicha obra adoptan los de Morbius y Altaira en esta fascinante película que además gozó de ser el primer film de ciencia-ficción de gran presupuesto dentro del cine estadounidense. Su bien McLeod Wilcox había alcanzado el éxito con un par de películas protagonizadas por un maravilloso perro llamado Lassie, ‘Planeta prohibido’ se aleja totalmente de ese cine familiar aunque posee ciertos elementos del mismo, como la presencia de Robby, el robot, que alcanzaría una fama inesperada, protagonizando posteriormente un spin off – ‘The Invisible Boy’ (id, Herman Hoffman, 1957) – y apareciendo en varias series de televisión a lo largo de los años. Aunque, con la distancia del tiempo, lo más llamativo para los cinéfilos de hoy día es el protagonismo de Leslie Nielsen en un papel serio. ‘Planeta prohibido’ narra cómo a finales del siglo XXI una nave – el típico platillo volante, aquí de un encanto inolvidable – procedente de la Tierra, aterriza en el lejano planeta Altair IV para ver qué ha ocurrido con la expedición Bellerophon enviada tiempo atrás. De la misma sólo quedan dos supervivientes, el científico Morbius -excelente composición del veterano Walter Pidgeon – y su hija Altaira, nacida allí, personaje a cargo de Anne Francis, cuyos modelos causaron auténtico furor en la época, siendo la primera actriz en aparecer en minifalda en la historia del cine, lo que también supuso un escándalo en aquellos años. La película se toma su tiempo en exponer, o descubrir, el auténtico meollo de la cuestión, de presentar totalmente sus cartas, algo que se convertiría en un modelo a seguir en futuras películas del género. En dicho tramo, en el que la presencia de Altaria será perturbadora para una tripulación de hombres que no han visto a una mujer durante un año –detalle que alcanza matices aún más perversos con el personaje de Pidgeon−, McLeod Wilcox define una inquietante atmósfera con un inusitado uso de los travellings, marcando un ritmo pausado, y un tiempo interno casi enfermizo gracias a unos encuadres muy concisos. La muy conseguida atmósfera además se ve enriquecida del uso de una banda sonora que, por primera vez, utilizaba sonidos electrónicos en su totalidad. Los mismos, compuestos por Bebe y Louis Barron, causan un desasosiego muy interesante, por cuanto parece ocultar en forma de “banda sonora” un peligro invisible, una amenaza latente pero que no se hará visible hasta el final. Por supuesto los decorados de Cedric Gibbons – director artístico en más de mil películas, once Oscars en su haber y un currículum con el que la palabra impresionante se queda corta – también ayudan lo suyo, a pesar de cierto toque kitsch. Estremece sobre todo el interior de la gran maquinaria construida por la antigua civilización Krell, desparecida ya del planeta, que junto a los poderosos contrapicados del director dan una muestra de la inmensidad del lugar enterrado bajo tierra. Una inmensidad que juega paralelamente a las casi eternas posibilidades de la tecnología desarrollada por los Krell, avanzada a la humana en unos cuantos miles de siglos, y que propone los detalles más interesantes del argumento, la creación de monstruos a partir del subconsciente. Un monstruo invisible, impecablemente filmado por Wilcox a través de huellas en el suelo o con el uso de la cámara subjetiva, y cuya visibilidad se produce a través de un campo de fuerza a cuya creación ayudó Walt Disney prestando algunos de sus efectos visuales. La presencia del citado monstruo más el hecho de que el ser humano no está preparado para ciertos avances, esto es, poder, confieren a ‘Planeta prohibido’ matices de tragedia shakesperiana nada disimulados debido a la base literaria que toma prestada; Walter Pidgeon y su personaje son la prueba física en un film que juega con el poder de la imaginación más de lo que se ve a primera vista, nunca mejor dicho. Robby el robot y los disparos de las armas ponen el punto simpático y entrañable a un film serio e inteligente al que su influencia no ha sido del todo aún bien considerada. La idea de un remake es simplemente temible. Gene Roddenberry ha reconocido públicamente que ‘Planeta prohibido’ fue su principal inspiración a la hora de crear la saga de Star Trek. También fue una de las principales referencias de la serie televisiva Perdidos en el espacio. Poco después de su estreno, apareció la versión novelizada de Forbidden Planet escrita por Philip MacDonald utilizando el seudónimo W. J. Stuart. Aunque inspirada en el guión del film, la novela se ganó con el tiempo su propio espacio entre las obras de culto del género por su particular forma de abordar el tema (a partir de los relatos personales de sus protagonistas) y una serie de detalles y alusiones mitológicas que no aparecen en el filme.

THE DAY THE EARTH STOOD STILL: Ultimatum a la Tierra

The Day The Earth Stood StillLas películas de ciencia ficción de los 50 son todo un clásico. Como sabéis, este es un género que ha acompañado al cine prácticamente desde sus comienzos. Ya en la época del cine mudo hubo títulos significativos, pero, como sucedió también en la literatura, este creció exponencialmente en las décadas centrales del siglo pasado. Con el final de la II Guerra Mundial, los enormes avances científicos y tecnológicos propiciaron la inspiración necesaria para la creatividad y también para que la gente se interesara por las posibilidades, reales o no, que proporcionaban estos progresos. A su vez, en un mundo sumido en un ambiente tenso debido a la Guerra Fría, la ciencia ficción servía como perfecta metáfora a la hora de trasladar muchos de los asuntos sociales, políticos o filosóficos que estaban en liza durante aquellos años. En esta ocasión, nos vamos a centrar en una película que es todo un clásico en su género ‘The Day the Earth Stood Still’ (Ultimátum a la Tierra) filmada en 1951 y que trata sobre la llegada de una nave extraterrestre, con la intención de dar un mensaje a los gobernantes de nuestro planeta. Pero éstos hacen caso omiso, y el alienígena (Klaatu) se integra en la sociedad para comprender mejor nuestra manera de ser y de vivir. También – hay que reconocerlo – es una de esas películas víctimas del paso del tiempo, y aunque éste no le haya hecho demasiado daño, sí el suficiente para poder ver sus deficiencias. Su mensaje es lo más desfasado de todo. La energía atómica era algo a descubrir y experimentar en los años 50, y la posibilidad de que otros planetas se pudiesen ver afectados por ella, suena hoy tan ridícula que no puede pasarse por alto. Al mismo tiempo, la advertencia final de Klaatu puede tomarse como una amenaza de peligrosa ideología. Que el planeta entero pague por lo que unos pocos deciden hacer con la energía, es algo que se asemeja más a un “o estás conmigo o estás contra mí”. Pero cuando se filmó esta película eran tiempos de la Guerra Fría y la paranoia de los americanos por pensar que tenían un enemigo en todos lados, está latente en films como éste. Darle la vuelta, y ponerse como víctimas es incluso pretencioso. Podríamos hablar también de la economía de medios, sobre todo en lo que respecta al robot que acompaña a Klaatu. Evidentemente, hay que ver la película en su contexto histórico, y en 1951 no se realizaban buenos efectos especiales, campo en el que se ha evolucionado de forma asombrosa. Aún así, el número de películas antiguas que han sobrellevado muy bien el paso del tiempo, es bastante elevado, fijándonos sólo en los efectos visuales. El encanto es su mayor baza, y el film, en este aspecto, lo conserva en parte. Ver al imponente robot totalmente quieto llega a impresionar, pero cuando echa a andar, sólo falta que le veamos la cremallera al traje. Curiosa sensación, realmente desconcertante. Afortunadamente, detrás de la cámara tenemos a alguien tan solvente como Robert Wise. El director de musicales tan famosos como ‘West Side Story’ o ‘Sonrisas y lágrimas’ fue uno de esos realizadores todoterreno, que lo mismo filmaba un drama pugilístico (‘Marcado por el odio’), como una cinta de cine negro (‘Born to Kill’), terror (‘The Haunting’), se iba al espacio (‘Star Trek’), western (‘Sangre en la Luna’), thriller (‘Odd Against Tomorrow’) etc. Su sobria puesta en escena, y un dominio del suspense envidiable, apoyado por un excelente montaje, consiguen empalidecer en buena parte sus posibles fallos. Wise maneja cada momento de su película como si se tratase del más importante. Tras el acercamiento de la nave (en la que la impactante aparición del robot se consigue desviando la atención del público de forma prodigiosa), nos introduce el director en una habitación donde se nos suelta una información que será el eje alrededor del que gire todo lo narrado a continuación, no sabiendo jamás qué va a ocurrir. Las escenas en las que Klaatu se mezcla con los humanos es un perfecto puente para el clímax final, lleno de tensión. Y cómo no, todo en 89 minutos. Patricia Neal, Sam Jaffe, Hugh Marlowe y Billy Gray secundan muy bien al verdadero alma de la película: Michael Rennie, un acierto de casting al tratarse de un actor desconocido para el gran público, quien soporta todo el peso del film. Su interpretación abarca desde la impavidez con la que su personaje trata a altas autoridades, hasta lo sorpresivo y afectuoso que resulta con un niño. Y siempre con una serenidad asombrosa, rayando con la inexpresividad, pero sin caer jamás en ella. ‘The Day the Earth Stood Still’ es una estupenda película de Sci-Fi, un entretenimiento en toda regla, que se permite ser también un alegato antimilitarista (uno de los aspectos que sedujeron a Robert Wise para dirigirla), que termina un poco dañado por el mensaje antes citado. El resto es con justicia recordado. Como no podía ser de otra manera, en el 2008 se hizo un remake actualizando un poco la historia pero, excepto por las lógicas mejoras en efectos especiales, está por debajo de la original.

THE DAY AFTER: El mundo luego de una hecatombe nuclear

THE DAY AFTERCon los dementes de ISIS (aquel grupo terrorista creado y financiado tanto por los EE.UU. como por Arabia Saudita y entrenado en campos de Turquía y Jordania por agentes de la CIA y el Mossad israelí para instaurar el caos y el terror en el Medio Oriente) los cuales tras los sangrientos sucesos ocurridos en París buscan desatar la III Guerra Mundial, toca recordar una de aquellas películas post apocalípticas que se referían a esa posibilidad durante la Guerra Fría y como se imaginaban el futuro luego de esa catástrofe. Filmada en 1983, The Day After (El día después) narra los devastadores efectos de un holocausto nuclear en la vida de los habitantes del pequeño pueblo norteamericano de Lawrence, Kansas. Sus habitantes hacían vida normal, muchos de ellos ajenos a la creciente tensión entre la Unión Soviética y los Estados Unidos – junto a sus “socios” de la OTAN – a raíz del bloqueo de la dividida Berlín. Pero cuando la guerra estalla, la cercanía de Lawrence a una base de misiles nucleares americanos firmará la sentencia de muerte a la mayoría de sus habitantes. Este es un efectivo telefilme que produjo un enorme revuelo en su emisión original en las pantallas de la cadena ABC en Noviembre de 1983. Obtuvo el rating más alto de la historia (más de 100 millones de televidentes en su estreno) y generó una oleada de acalorados debates especialmente en un momento sensible debido a la escalada armamentista de la era Reagan. The Day After dista muchísimo de ser una película silenciosa que terminó por explotar en las pantallas de millones de televidentes norteamericanos. No es ni por asomo un fenómeno espontáneo – como fuera la emisión radial de Orson Welles de La Guerra de los Mundos en 1938 -, sino una larga y calculada maniobra de marketing que se tomó dos años hasta asestar el golpe. El proyecto empezó a partir de 1981, cuando el presidente de la cadena ABC, Brandon Stoddard, se sintió shockeado al ver El Sindrome de China y decidió hacer un filme sobre el terror nuclear. Inmediatamente comisionó al guionista Edward Hume para realizar un libreto sobre el posible impacto de un ataque misilístico a gran escala sobre USA, y con el mayor grado de realismo. Pero a pesar de su impulso y de su guión, el proyecto tendría muchas idas y vueltas, con varios cambios de director hasta llegar a Nicholas Meyer, quien impuso inmediatamente algunas políticas férreas como condición para permanecer al mando: debía tener el corte final, la película no debería sufrir cortes adicionales, y el tono debería ser estrictamente realista. Lo que siguió luego fue una enorme batalla de Meyer contra organismos gubernamentales, comisiones de censura de la misma ABC, y presiones de todo tipo. Desde la pelea con los censores de la cadena, que no querían mostrar escenas gráficas de quemaduras además de recortar secuencias sobre los horrores de la guerra, hasta la lucha con las Fuerzas Armadas que le negaron apoyo a Meyer, quienes no le concedieron películas de stock sobre test atómicos; le negaron información de respaldo, e incluso le pidieron mostrar que la URSS era quien había realizado el primer ataque. Pero Meyer y los productores siguieron adelante, y la ABC comenzó a realizar una lenta pero prolongada campaña publicitaria promocionando al filme desde 6 meses antes de su emisión, e incluyendo una programación posterior plagada de debates y documentales para encender la polémica. Pocas veces uno ha visto semejante despliegue publicitario (y hecho de un modo tan inteligente); y, salvando las distancias, es similar a la campaña adicional realizada para The Blair Witch Project donde los productores consiguieron crear el mito antes de haber proyectado un sólo fotograma del filme. Y la verdad es que The Day Alter llena bastante bien las expectativas que construyó durante esa campaña publicitaria. Dramáticamente es un filme bastante pobre: los personajes no tienen nada memorable, y son similares a los castings de las películas de cine catástrofe. Si el film se hubiera concebido de un modo mas trascendental, los personajes serían épicos hombres atormentados recitando profundas líneas filosóficas (el impacto hubiese sido mayor en manos de un gran director como un Kubrick, por ejemplo). Aquí en cambio son un montón de personas promedio sin demasiada personalidad, que esporádicamente se turnan para espetar algunos conceptos inteligentes que tira el guionista. Eso no es necesariamente malo, pero los resultados podían haber sido mejores. El mayor valor reside en la dirección de Meyer, que logra inyectarle más personalidad a la historia a través de la fuerza de sus imágenes. Y lo logra, a base de golpes de impacto. Por suerte el libreto no busca ni finales ni tramas intermedias felices ni hay héroes de ningún tipo. Simplemente supervivientes. El momento del lanzamiento de los misiles es impactante; la escena donde la mujer del granjero – que tiene instalado un silo nuclear en el fondo de su casa – ve los gases iniciales y el posterior lanzamiento es memorable. La ciudad surcada por las numerosas estelas de los cohetes es sencillamente escalofriante. Pero la tensión de esos diez minutos centrales no es recuperada después de pasado el momento. Nicholas Meyer ha expresado que ése era su propósito: no quería hacer la película dramática de la semana sino un enorme aviso publicitario de dos horas acerca de la inutilidad de la guerra atómica. A pesar de que las eras cambiaron – La Unión Soviética ya no existe y EE.UU. es hoy el mayor patrocinador del terrorismo en el mundo – el film conserva su capacidad de impacto acerca de las trágicas consecuencias que puede ocasionar un conflicto nuclear para la humanidad ¿no lo creen ustedes?

LOST IN SPACE: Perdidos en el Espacio

Lost in Space Fue una serie de ciencia ficción creada y producida por Irwin Allen, lanzada por Fox y transmitida por CBS. La serie estuvo en antena tres temporadas, la primera de ellas todavía en blanco y negro, con 83 episodios que salieron al aire en Estados Unidos entre el 15 de septiembre de 1965 y el 6 de marzo de 1968. Conceptualmente, la serie fue una adaptación de la clásica novela de aventuras La familia Robinson suiza, de Johann David Wyss, pero en clave de ciencia ficción. Durante las primeras dos temporadas, la serie sigue las aventuras de una familia de astronautas que queda atrapada en un mundo extraño después de haberse perdido en su intento de llegar al sistema Alfa Centauri. En la tercera temporada viajan a otros mundos en su deseo nunca resuelto de llegar a su destino original o de volver a la Tierra. Cada semana, el programa presentaba un acelerado asalto visual de efectos especiales, explosiones, seres extraterrestres, naves espaciales y exóticos paisajes, complementados con un vestuario de brillantes colores primarios. Es de notar que había un claro contraste con la otra serie de televisión de aventuras espaciales que también se emitía por esos días, Star Trek. A diferencia de esta, en Perdidos en el Espacio, el desarrollo psicológico de los personajes, la seriedad de los temas, la profundidad dramática o incluso la coherencia de la historia eran aspectos ignorados. La frase “¡No se pongan lógicos conmigo!” (“Don’t get logical with me!”) era utilizada frecuentemente por Allen cuando le exigían ciertos cambios en sus guiones. Los críticos se quejaron de que este era el equivalente televisivo de mostrar un objeto brillante para distraer al televidente poco exigente. A pesar de las críticas, el programa fue un éxito. En cuanto a la serie, la acción comienza en 1997 – un año que parecía muy lejano en el tiempo cuando se rodó la serie – cuando la Tierra sufre por una sobrepoblación masiva y la reducción de sus recursos naturales. Es por ese motivo como el profesor John Robinson (Guy Williams), su esposa, Maureen (June Lockhart), sus hijos, Judy (Marta Kristen), Penny (Angela Cartwright), Will (Bill Mumy) y su amigo y piloto, el mayor Don West (Mark Goddard) son elegidos para viajar hasta Alpha Centauri en la nave espacial Jupiter 2 – que por cierto tiene un gran parecido a un platillo volador – para buscar un planeta habitable que pueda ser colonizado por el hombre. Sin embargo, una vez que la familia Robinson es puesta en animación suspendida para su largo viaje, antes del despegue un agente ¿de la KGB?, el Dr. Zachary Smith (Jonathan Harris), se introduce a hurtadillas dentro de la nave en una misión de sabotaje. Reprograma al robot de la nave para que la destruya poco después de que dejen la Tierra. Para su mala suerte, queda atrapado dentro de la nave espacial durante el despegue. El peso extra desvía al Jupiter 2 de su trayectoria original, lanzándolos hacia una lluvia de meteoritos. El subsiguiente ataque del robot termina la labor de dejar a la tripulación completamente a la deriva en el espacio. El Dr. Smith continúa interpretando su papel de saboteador durante la serie, tratando de evitar que el Júpiter 2 pueda volver a la Tierra ya que temía ser juzgado por espía. Nadie parece notarlo, excepto el mayor Don West quien siempre lo ve con malos ojos. Los Robinson (especialmente el joven Will) son continuamente puestos en peligro por el Dr. Smith. Aun así, tanto Will Robinson, el Dr Smith y el robot se hacen amigos y viven constantemente una serie de aventuras, robando el protagonismo a los demás integrantes de la serie. En 1998 se lanzó un filme dirigido por Stephen Hopkins y protagonizado por William Hurt y Gary Oldman, aunque si bien la película no tuvo éxito y las críticas no fueron precisamente buenas, renovó el interés por la serie, del cual por cierto se dijo en el 2014 que iba a realizarse un remake, pero al parecer todo quedo en nada. Espero equivocarme y podamos volver a tener a los Robinson en su incesante tarea de volver a la Tierra.

FLASH GORDON: El futuro que nunca fue

F. Gordon Basada en un comic de los años 30, llegando a convertirse en el icono más conocido de la ciencia ficción hasta la aparición de Star Wars, fue llevada a la pantalla grande en 1980, pero resulto un completo fracaso. Se sabe que George Lucas persiguió inicialmente este proyecto a comienzos de los setenta, pero la suma que le pidieron los propietarios de los derechos era excesiva para sus iniciales condiciones de producción y ello le decidió a idear su propio universo galáctico sin recurrir a adaptaciones. Quien sí tuvo capital suficiente para adquirir los citados derechos fue el magnate italiano Dino de Laurentiis, que puso al mando del proyecto al rutinario Mike Hodges, un realizador en cuya filmografía despuntaban títulos tan poco memorables como Pulp o Get Carter. Los agentes de De Laurentiis preguntaron a Dan Barry, uno de los más fecundos dibujantes de las tiras de Flash Gordon, quién podría encarnar un Flash ideal. Barry propuso a Robert Redford, pero los productores pensaron que el actor, además de ser muy costoso, estaba demasiado viejo para el papel. Tras una larga búsqueda se eligió a un joven atleta cuyo mayor mérito profesional había sido ocupar la portada de la revista Playgirl. El muchacho en cuestión era Sam J. Jones, de quien Barry dijo que él mismo hubiera interpretado mejor el personaje de Flash. Sin embargo, ni el presupuesto de cuarenta millones de dólares ni el rutilante reparto, ni siquiera el diseño artístico, pretendidamente fiel al cómic de Alex Raymond, lograron salvar al proyecto del desastre. En este Flash Gordon (1980), el héroe es un jugador de fútbol americano que viaja en un avión junto a su inseparable novia Dale Arden (Melody Anderson) cuando una lluvia de meteoritos procedente del planeta Mongo obliga al aparato a aterrizar justo en el momento en que el sabio Hans Zarkov (Topol) se dispone a partir en una astronave con rumbo al planeta agresor. El científico obliga a Dale y Flash a entrar en la nave. Cuando llegan a su destino son apresados por el Emperador Ming (Max Von Sydow). Flash logra escapar gracias a Aura (Ornella Muti), la hija de Ming, y se alía con el príncipe Barin (Timothy Dalton) y con el rey Vultan (Brian Blessed) para combatir la tiranía de Ming. La película levantó serios cuestionamientos entre los seguidores del personaje y, en general, fue duramente vapuleada por la crítica. Si la comparamos con otras producciones de su época, como la saga original de Star Wars (a pesar de haber tenido un mayor presupuesto que aquellas) podemos verla muy envejecida para ser algo del “futuro” ¿no os parece?

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