LA COSA (THE THING): El enigma de otro mundo

The Thing En una estación experimental de la Antártida, un equipo de investigadores descubre a un ente extraño venido del espacio, que según todos los indicios ha permanecido enterrado en la nieve durante más de 100.000 años. Al descongelarse, experimenta una metamorfosis sorprendente que pone en jaque a los residentes del lugar. Se trata de La Cosa (TheThing) una película estadounidense de ciencia-ficción y terror de 1982 dirigida por John Carpenter. Es un remake del film de Howard Hawks titulado The Thing from Another World (1951). Si bien ambas películas están basadas en la novela corta de John W. Campbell Jr. Who Goes There?, el film de Carpenter es más fiel a la obra original. Es mas, Carpenter considera a esta película la primera de su “Trilogía Apocalíptica”, continuada en 1987 y 1995 por El príncipe de las tinieblas (Prince of Darkness) e In the Mouth of Madness, respectivamente. A Carpenter le fascino tanto la película de Hawks, que la eligió para que sea el film proyectado en una televisión en “Halloween” en un momento dado. El argumento no varía demasiado del film de 1951 al menos en lo que es su esencia: a una base científica del Polo Sur llega una forma de vida alienígena que desata el horror infinito. Para ello, Carpenter se centró con inusitada pericia en un aspecto tan importante de la historia: la no forma del alien. Y digo ello porque lo que este hombre logró con el uso de los efectos visuales es algo que muy pocos han sabido hacer, quizá Spielberg y a ratos Cameron: la perfecta inserción de la técnica en la historia narrada de forma que ésta no queda supeditada a dicha técnica, y al mismo tiempo sea ésta la única herramienta posible para narrar con convicción lo que se quiere contar. Dicho de otro modo, la forma es el fondo, y “La Cosa” es probablemente el ejemplo más claro en el cine moderno. Al fin y al cabo de eso se trata ser director de cine, saber poner en escena, saber narrar. Y Carpenter es, pese a quien le pese, unos de los mejores narradores que ha dado el cine americano en los últimos años. Pero no hablamos únicamente de unos deslumbrantes efectos visuales, hablamos de cómo Carpenter retrata el mismísimo horror a través de una historia en apariencia sencilla, de brillante suspenso gracias a un ejemplar uso de las elipsis. Tras la súbita aparición del perro perseguido por los noruegos que quieren matarlo – primera irrupción en la rutinaria vida de los habitantes de la base – éste es filmado deambulando por la estación en inquietante tranquilidad. Vemos al perro llegar a la habitación de uno de los hombres de la base, se para, Carpenter cambia a otra cosa pero ya nos ha metido el miedo en el cuerpo. Ennio Morricone le ayuda con una banda sonora muy acorde con las que compone habitualmente el propio director, que dicho sea de paso ofreció componer la música a Jerry Goldsmith que rechazó la oferta. Ese instante del perro nos prepara para la materialización posterior de nuestros temores en la set piece de las jaulas donde duermen los demás perros -segunda y traumática interrupción en la rutina de la base y auténtico punto de inflexión de la historia -, en la que el impacto es tal que Carpenter ha logrado la inmersión total del sorprendido y aterrorizado espectador. A partir de ahí es el horror, nunca sabremos quién es quién en realidad, mientras uno a uno van cayendo todos los personajes, y Carpenter utiliza los efectos para representar el terror en su esencia. ¿Quién no se queda completamente paralizado y fascinado con el instante de la primera fotografía? Ese pecho convertido en una gran boca que sesga los brazos del doctor, el fuego, la cabeza-araña… el horror en su máxima expresión. A pesar de encontrarnos ante un film lleno de efectos visuales y claramente enmarcado en los límites del cine comercial, Carpenter es lo suficientemente inteligente como para no caer en ninguna concesión. Si bien fue criticado por la extrema dureza de sus imágenes, el prefirió llegar hasta las últimas consecuencias en su propuesta, que para deleite de los más exigentes concluye con un final totalmente ambiguo con MacReady, Kurt Russell y Keith David, solos, vigilándose el uno al otro mientras su lenta y fría muerte salvará o condenará a la humanidad para siempre …

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