EL CINE COMO INSTRUMENTO DE LA PROPAGANDA: Pulgasari, la bestia “Roja”

A través de la historia regímenes totalitarios siempre han tratado de tener bajo su control a poblaciones enteras a los cuales subyugar utilizando para ello todos los medios disponibles de la época, Si en las primeras décadas del Siglo XX fueron la prensa y la radio – a los cuales se agregaron posteriormente el cine y la televisión – en los últimos años para no perder la costumbre, países enemigos de la libertad de expresión como Estados Unidos , hacen todo lo posible para controlar la Internet .los blogs y las redes sociales ,mediante la censura, impulsando para ello infaustas leyes represivas como la indigesta SOPA, que ante la protesta generalizada tuvo que dar un paso atrás, pero aun sigue allí – agazapada – para atacar de nuevo al menor descuido. Pero en pleno siglo XXI existen otros países aislados del mundo exterior que viven prácticamente en la prehistoria, en la cual los medios estatales no se cansan de cantar loas al genocida de turno. Este país se llama Corea del Norte y está gobernada por un demente que tiene bajo su poder arsenales atómicos que son gran peligro para el resto del mundo. Es por ello que se siente seguro y que – a diferencia de lo sucedido en Irak y Libia – sabe que nadie pretenderá derrocarlo y ajusticiarlo como se merece. En este país existía un despreciable criminal llamado Kim Jong Il – “fundador” de la actual dinastía comunista que gobierna ese país – del cual se saben algunas cosas. Que era multimillonario y muy aficionado a comprarse ropa de marca, mientras su pueblo moría de hambre y solo podían comer las hierbas del parques mientras el daba fiestas que duraban días enteros ; un infeliz a quien no le gustaba que le llevaran la contraria; ya que los que hacían acababan muertos o en la cárcel. Pero lo que muchos desconocen es que además el dictador norcoreano estaba loco por el cine: su colección sumaba más de 12.000 títulos de todos los géneros y nacionalidades. De hecho había editado en 1973 un libro de 329 páginas llamado Sobre el arte del cine, en el que exponía un indescifrable batiburrillo de ideas que barruntaban en torno a la creación de una industria socialista del séptimo arte… o algo parecido. Naturalmente y a pesar de sus intentos, Kim Jong Il no tenia ni la más mínima idea de cómo crear esa industria. Y como todo mafioso que se respete hizo secuestrar a un famoso cineasta surcoreano y a su esposa para que bajo pena de muerte realice películas revolucionarias “que glorifiquen al socialismo” Cuando el realizador advirtió que quizás su única oportunidad de vivir para escapar de ese infierno era seguir las instrucciones del sátrapa norcoreano, dirigió dos películas para Kim Jong Il y éste le hizo partícipe del que quería que fuese su legado cinematográfico a sus conciudadanos que sufrían su férrea dictadura: Pulgasari. El argumento, basada en una leyenda popular del s.XIV, contaba la historia de un pequeño ser que después de comerse unos guisantes y crecer hasta convertirse en un monstruo de proporciones bíblicas acababa con sus opresores. Kim Jong Il estaba obsesionado con Godzilla y no soportaba la idea de que los japoneses tuvieran su propio monstruo y él no tuviera ninguno. Así nació Pulgasari, aderezado con miles de extras procedentes del ejército norcoreano, diez trailers llenos de guisantes y carne de ciervo y un equipo de 700 personas que no tenía ni la más mínima noción de lo que estaban haciendo. El producto final – huelga decirlo – fue un disparate ininteligible donde un tío vestido con un indescriptible traje de monstruo destruye una ciudad de plástico: “una alegoría de la energía del marxismo” dicen que afirmó el dictador cuando la vio. Por cierto, Shing y su esposa, los secuestrados, consiguieron escapar de su captor cuando en un festival de cine en Viena lograron despistar a los espías del régimen y buscaron asilo en la embajada americana. Habían pasado ocho años trabajando para el productor más atroz que jamás ha habido sobre la faz de la tierra. Hoy Pulgasari – un esperpento cinematográfico por donde se le mire – es una clara advertencia de lo grotesco a lo que uno puede llegar en su intento de querer controlarlo todo.

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